lunes, 28 de enero de 2013

El barquero

Si algún día la muerte me llama,
no me lloréis demasiado.
Entristeced, quien lo merezca,
un poco los ojos y el alma.
Por no poder ya ver mis ojos
llenos de amor y de rebeldía,
acariciad por última vez con las yemas de los dedos
y la sangre ardiente de los labios,
mi nervioso cuerpo para siempre ya adormecido.
No paréis con mi cuerpo vuestro cuerpo
ni tengáis miedo de Dioses.
Llevad mi cuerpo frío y sudoroso
a la tierra que mi alma eligió para su cuerpo
No vayáis silenciosos y tristes,
¡Llamad a los tamborileros de las sierras
y hacedlos tocar por mí hasta que revienten!,
y si revientan, coged como en la guerra la bandera
y con el torpe tom-tom del tambor en vuestras manos
y el silbido ineducado de la flauta en vuestros labios,
iré junto a mi cuerpo maloliente y de putrefacto
y vuestro espíritu,
volando por el aire invisible,
hasta el precioso río de mis sueños

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